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Un lobo estepario

¿Cómo no podría ser yo un lobo estepario y un infeliz solitario en medio de un mundo, donde no comparto ninguno de sus objetivos, donde no llama mi atención ninguno de sus placeres?.

No puedo aguantar mucho tiempo ni en un cine ni en un salón; con dificultad puedo leer un periódico, casi nunca algún libro moderno; no puedo comprender qué clase de alegría y de placer buscan los seres humanos en los ferrocarriles y en los hoteles totalmente atiborrados, en los cafés colmados de personas escuchando música insoportable y molesta; en las tabernas y variedades de las elegantes ciudades lujosas, en las exhibiciones universales, en las carreras, en las conferencias para los que necesitan conocimiento, en los enormes sitios de deportes; no logro entender ni compartir estos placeres, que, por supuesto, a mí me parecerían realizables y por los que se esfuerzan y se excitan tantos miles de personas.

Y lo que, al contrario, me sucede a mí en las raras horas de placer, lo que para mí significa goce, suceso, sublimación y embriaguez, eso no lo conoce, no lo ama, ni lo busca el mundo, sino quizá en las novelas; pero es considerado una locura en la vida.

Ciertamente, si el mundo tiene la razón, si esa música de los cafés, esas recreaciones multitudinarias, esas personas satisfechas con tan poco tienen razón, entonces el que no la tiene soy yo, y realmente estoy loco; y debido a eso, soy el lobo estepario, como en tantas ocasiones me he nombrado, la bestia torcida en un mundo que considera incomprensible y extraño, que ya no encuentra ni su ambiente, ni su alimento, ni su hogar.

Hermann Hesse
El lobo estepario

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