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El paisaje interior de Morus

Dentro del panorama del rock progresivo chileno contemporáneo, Morus se ha consolidado como una de las propuestas más personales y conceptualmente sólidas de la escena. Su trabajo combina la arquitectura sonora del progresivo clásico con elementos electrónicos y una sensibilidad introspectiva que otorga identidad a cada una de sus composiciones.

A través de su discografía, Morus ha desarrollado un lenguaje musical donde convergen secuencias electrónicas, desarrollos instrumentales y estructuras narrativas que remiten tanto a la tradición de escuelas como la berlinesa como a nuevas formas de experimentación contemporánea.

Uno de los aspectos más distintivos de su propuesta radica en la construcción estética de su universo creativo. La relación entre música, imagen y concepto ocupa un lugar central dentro de su obra, dando forma a composiciones que dialogan con el arte visual, la ciencia ficción, la memoria y los procesos de percepción humana como en el caso de su disco “El Ser y El Ente”.

En esta entrevista exclusiva, Morus reflexiona sobre su trayectoria, sus influencias y el desarrollo de una discografía que ha logrado abrir un espacio singular dentro del progresivo electrónico chileno. Una conversación más que sincera sobre creación, identidad sonora y la necesidad de seguir expandiendo los límites expresivos de la música contemporánea.

Tu discografía muestra una evolución muy marcada. ¿Cómo describirías el viaje musical desde tus primeros trabajos hasta tu material más reciente?

Morus: Es interesante que se perciba como evolución, porque creo que tiene que ver con que soy muy inquieto. Vengo del mundo del rock progresivo, y mi proyecto solista surge desde mi lado más electrónico. Al no tener una banda de rock activa, voy experimentando con ese espacio y jugando a mezclar ambos mundos. En mi primer disco, que es netamente berlinesco, el tema ‘Fractal’ ya asoma ese costado más rockero.

¿Hay un disco o composición que sientas como un punto de inflexión en tu carrera?

Hasta ahora no hay un disco como tal que marque ese quiebre, pero sí hay momentos, y de hecho creo que estoy viviendo uno ahora. Estoy explorando ciertos caminos y quizás el próximo disco me aclare hacia dónde voy, porque estoy mezclando estilos que tenía ganas de trabajar desde hace tiempo pero que no había tenido la excusa para hacerlo.

Me estoy escapando por primera vez hacia sonidos menos progresivos, aunque eso no significa que abandone ese mundo. Al parecer, la música que sale responde mucho a lo que estoy viviendo en ese momento, y también me devuelve el impulso de extrañar y retomar ciertos estilos.

El 2023 saqué “From Wright”, que se aleja bastante de mi trabajo berlinesco. El 2024 lo dediqué a discos en vivo y recopilaciones, tocando mucho en formato trío, así que estuve casi dos años sin componer en el estilo electrónico puro. Cuando volví a ese espacio, salió “Solsticio”.

En el rock progresivo, el teclado suele ser un eje narrativo. ¿Podrías contarnos qué modelos estás usando y cuál es tu favorito para generar la música de Morus?

La paleta cambia bastante según el contexto. Con el rock uso principalmente el KingKorg, un sintetizador increíble que tiene las bases clásicas: piano, Hammond, Rhodes, con sus efectos característicos como delay y tremolo. En el lado electrónico, el Korg Radias suele ser el centro de control junto al Minilogue. Ahí también sumo el Behringer Model-D, que es básicamente el módulo del Minimoog, y lo estoy usando para bajos y solos muy al estilo Wakeman. Para texturas, tengo el Kaoss Oscillator y otros aparatos, además de muchos VST controlados por MIDI.

La electrónica me permite sincronizar todos los teclados entre sí, lo que abre un mundo distinto. Intento construir los sonidos desde cero, sin depender demasiado de presets; los diseño principalmente en el Radias y el Minilogue.

¿Cuáles han sido tus principales influencias musicales, tanto dentro como fuera del rock progresivo?

Son demasiadas para contarlas bien. A finales de los ochenta yo tenía ocho o nueve años, y mi hermano tenía muchos vinilos de esa época. Nada me llamaba la atención hasta que un día puso Actually de Pet Shop Boys, y eso fue distinto, revelador. Luego entendí que lo que me estaba hablando eran los sintetizadores. Mis bandas de esa época fueron PSB, New Order, Depeche Mode, y desde ahí llegué a Kraftwerk, y de Kraftwerk a Jarre y Vangelis.

Por mucho tiempo ellos fueron mi mundo. Pero me cansé del formato canción, y entonces apareció The Division Bell de Pink Floyd: ese sonido me resultó conocido por su base en Jarre y Vangelis, pero tenía algo completamente distinto: era rock. Y ahí empezó el viaje hacia el mundo progresivo. Para mí las bases están en Pink Floyd, King Crimson, Genesis, Klaus Schulze, Van der Graaf Generator… pero no puedo dejar de mencionar a Magma y Univers Zero. Y en el mundo hispanoparlante, Congreso es mi banda favorita y Los Jaivas la segunda.

¿Cómo abordas el proceso de composición? ¿Comienzas desde lo técnico, lo emocional o una mezcla de ambos?

Es curioso, porque estos últimos seis años me he dedicado como nunca a registrar ideas. Prácticamente todos los días se me ocurre algo y lo anoto con la nota de voz del celular. Desde niño soñaba con tener una grabadora para no perder esas ideas. Sin embargo, la mayoría de mis trabajos publicados no nacen de ahí, sino de cuando me siento al piano, conecto un sintetizador e improviso. Casi todos los discos de la serie From surgieron así: me siento, improviso, y de ahí salen tres o cuatro maquetas que terminan siendo los temas del álbum. Dejo fuera algunos y con los que quedan formo el cuerpo del disco. Al final la composición me toma un par de días, a veces horas incluso, y de ahí en adelante todo es producción, que ocupa el noventa por ciento del tiempo.

Tu música tiene momentos muy introspectivos. ¿Hay una intención consciente de generar estados emocionales específicos en el oyente?

Completamente. “Solsticio Invierno” es oscuro a propósito: acordes menores, sonidos pad, texturas nostálgicas para generar esa sensación de frío, de quietud invernal. “Solsticio Verano”, en cambio, es más luminoso, con acordes mayores y ritmos más rápidos, intentando transmitir la energía y el movimiento del verano.

En ‘Expansión’, del disco “…y el origen del universo”, la armonía es deliberadamente abierta. Un acorde cerrado normal usa primera, tercera y quinta. Ahí introduzco cuartas, séptimas y sextas para crear esa sensación de algo que se expande. El tema es intencionalmente minimalista: dos secuencias jugando entre sí, el bajo con una melodía, el arpegio agudo, avanzando juntas como el espaciotiempo, generando todos los cuerpos posibles. Fue hecho completamente con el Minilogue: una singularidad que forma una totalidad.

Como psicólogo, ¿de qué manera influye tu formación en la construcción de tus obras?

Hasta ahora no he hecho algo estrictamente psicológico, al menos desde la corriente. Para ser psicólogo uno trabaja desde una escuela; yo lo hago desde la cognitivo-conductual, que es la única corriente científica de la psicología, así que en rigor no lo aplico directamente en la música.

Tengo un proyecto paralelo, Bruma Austral, más orientado al ambient, donde podría haber algo cercano a la musicoterapia. Pero creo que mi formación influye más a través de mi manera de ser y de mis intereses: la ciencia, la filosofía, la epistemología y, por supuesto, la astronomía.

¿Utilizas conceptos de la psicología (como el inconsciente, la memoria o las emociones) como punto de partida creativo?

Todavía no, o no conscientemente. Mi punto de partida suelen ser preguntas que me hago. Por ejemplo, el origen del universo: desde mi punto de vista esa respuesta todavía no existe.

El ser o el ente explora la conciencia desde una mirada artístico-filosófica: biológicamente somos polvo de estrella, nos formamos primero desde lo más instintivo, luego nos influencia la lógica oriental y occidental; tenemos un ser que es nuestra esencia individual y un ente construido por la sociedad; le damos un sentido a esta vida, y al morir, esa energía —que no se crea ni se destruye— se transforma, transmuta hacia algún lugar.

¿Sientes que la música puede funcionar como una forma de terapia, tanto para ti como para quien la escucha?

Para mí, por supuesto, pero hay que entender algo importante: la terapia es un proceso que busca resolver un problema, ya sea físico o psicológico. Un estímulo, ya sea la música, un viaje o cualquier otra experiencia, es más bien un escape. Puede ser algo que necesitemos a diario, pero no es una terapia en sentido estricto. Dicho eso, sí es algo que ayuda, que mejora o relaja.

A mí la música de Vangelis o de Manuel Göttsching me han hecho ver la vida de manera muy sensible y emocional: escucho y miro un atardecer, y veo poesía. Esos momentos son profundamente significativos, y no necesito revivirlos constantemente para que tengan peso. Podría acercarse a la terapia si la persona tiene suficiente inteligencia intrapersonal como para resolver por sí misma sus conflictos internos.

A propósito, “El Ser y el Ente” es un disco fascinante. Allí comulga una inspiración de tipo ontológica basada en la filosofía y el cosmos. ¿Qué otros detalles nos puedes contar de este álbum?

Estoy muy orgulloso de ese disco, y creo que es el mejor que he hecho, aunque eso lo digo yo. Mezcla bien lo que soy: el lado berlinesco con el lado rock. Como te comentaba, es un viaje a través de la conciencia, pero aquí conviven cuatro composiciones que tenía desde hace muchos años, aproximadamente desde 2010. ‘Oriente’ lo compuse en 2012 cuando estudiaba en Iquique, con el teclado Casio de mi hijo que me había llevado a la pieza.

‘Un Ser’ lo grabé en esa época junto a Kengo Sakamoto: le mandé la base y él grabó su parte en Japón. Me escribió cuando me envió su trabajo: “Me sentí todo un Diamante Loco grabando tu tema.” La maqueta de ‘Transmutación’ también la hice en esa época, se llamaba ‘No-Tiempo’ y creo que hay una versión por ahí en internet. Y ‘Un Ente’ era una composición que tenía para el segundo disco de R-U Kaiser, pero cuando nos separamos me la traje para este álbum. Quedó muy diferente, y en vivo tocado con Chapman Stick con Larrondo suena potentísimo.

¿Qué importancia le das a la conexión con otros músicos en tu proceso artístico?

Le doy su lugar, que no es poco. Llevo unos treinta años siendo músico, nunca a tiempo completo, pero treinta años. Los primeros veinticinco fueron con bandas, y ahí hay tres o cuatro discos publicados.

El 2020 me vine a Santiago, en plena pandemia terminé mi primer disco y desde entonces, hasta el 2026, tengo seis discos publicados, más en vivos y recopilaciones.

Desde que me dediqué a componer y producir solo ha sido muy productivo. Cuando toco en vivo en formato trío, el baterista y el bajista llegan con casi todo listo: les doy la libertad para que agreguen sus cosas y mejoren los temas, pero ya está todo compuesto y funcionamos muy bien. Cada uno practica en su casa, nos juntamos un par de veces antes de la presentación y ya suena.

En cambio, cada vez que sumo a un músico para grabar, pierdo el control sobre cuándo va a terminar ese trabajo. Ahora mismo hay dos discos en marcha, uno en formato grupal y el avance es lento. El otro disco en solitario y está listo, y lo empecé después del otro. Pero en vivo, tocar en banda es mil veces más estimulante que hacerlo en solitario.

Mirando tu trayectoria, ¿qué aprendizajes personales te ha dejado la música? Algunos quizás no lo saben, pero también fuiste tecladista de R-U Kaiser.

Claro. “Ocelos” lo grabamos en 2007 en Santiago; fue mi primer momento de composición más seria, la primera vez que creé un concepto con letra, y tuve que ponerme a trabajar duro para sonar como pianista. Fue un proceso creativo muy interesante.

El tema ‘Letargia’ lo compuso completamente Pablo Lizama; yo era de la idea de que lo grabara él solo con su guitarra y listo, pero al final los teclados terminaron siendo lo principal. Fue una linda época: vivíamos juntos, era muy familiar, como los Jaivas en ese sentido. Extraño eso: esos momentos de juntarse a tocar, especialmente con ese tipo de rock.

De hecho, tengo maquetas grabadas para lo que podría ser un segundo disco, aunque con otro nombre, porque Pablo ya me ha dejado claro que no quiere saber nada de R U Kaiser. Pero con Pili, la vocalista, ya nos hemos reunido; ella grabó Solsticio Verano 1 y quedamos en grabar un disco juntos, con músicos invitados para los instrumentos que ninguno de los dos toca, básicamente batería y guitarra.

¿Podrías profundizar sobre los discos  que has editado como homenaje a tus influencias: Wright, Schulze y ahora entiendo que Vangelis?

Nació de manera muy espontánea. Cuando falleció Schulze me impactó profundamente. El primer día fue un duelo; el segundo fue el fin del duelo y la decisión: la mejor forma que tengo de mostrar mi respeto a Klaus es hacerle un homenaje. Me di un mes para sacarlo y así fue: salió en junio, al mes de su fallecimiento.

Eso me llevó a pensar en esta idea de conectarme platónicamente con la idea eterna e inmutable del músico, conmigo como conductor, aportando mi cuota creativa pero manteniendo la esencia del alma del artista.

El 15 de septiembre de 2023 saqué “From Wright”: esa fecha es mi cumpleaños y también el día del fallecimiento de Wright. Cada vez que brindo en mi cumpleaños, le brindo a él también. Ahora estoy trabajando en “From Vangelis”, y aquí tal vez venga la inflexión de la que te hablaba, porque estoy haciendo temas que, si bien nacen desde la idea de Vangelis, terminan transitando por estilos que no son necesariamente los suyos.

Hice casi veinte temas; tuve que dejar fuera algunos que no sonaban a Vangelis, otros que estaban geniales pero quedaron para otro disco, y hay temas que suenan muy a Vangelis y otros que no tanto, aunque sí en su lógica. Quizás hay que ser muy fanático o muy conocedor de Vangelis para entender por qué algunos de esos temas están ahí.

¿Cómo percibes la escena del rock progresivo chileno actualmente?

Bien y mal a la vez. Bien porque hay muy buenas propuestas y gente joven, como Emilio Molina, que es un gran amigo y tiene la edad de mi hijo; un personaje muy interesante del progresivo chileno. Bizirik también me encanta. Son proyectos que deberían ser internacionales o al menos mucho más visibles. Y ahí está el mal: aunque por alguna razón no son mundialmente conocidos, el problema de fondo es que no tenemos nuevos referentes con proyección global. Nos quedamos con los clásicos, con Los Jaivas, Congreso, Akinetón Retard, y ninguna propuesta actual ha logrado ese nivel de visibilidad. Lo paradójico es que en nivel no estamos mal; en apoyo social, empresarial y cultural, estamos muy solos. Apenas nos van a ver en vivo nuestros fans. Te apuesto que si alguno de nosotros se va a México o a otro país con una escena fuerte y luego vuelve a tocar acá, ahí sí habría público.

¿Has pensado plasmar tu música en sonido binaural? Ahora que el Dolby Atmos está generando mucha aceptación, ¿crees que podría ser un nuevo desafío?

Me encanta la idea. Desde que saqué …y el origen del universo me lo imaginé así. Últimamente he estado cotizando esa posibilidad, incluso pensando en hacer un concierto en ese formato. Me imagino ese disco en vivo en Dolby Atmos.

En ese mismo sentido, ¿qué opinas del “sonido inmersivo” y el influjo de Steven Wilson en la música progresiva actual?

Tengo un problema con las cosas de moda. Leí tanto por ahí eso de ‘sonido inmersivo’ que ya me lo tomaba a chiste, como usar hoy la palabra ‘disociar’: ahora todo el mundo se disocia. Dicho eso, Steven Wilson debe ser el personaje más importante del progresivo de los últimos veinte años. Vino a refrescar y masificar el estilo. Sin embargo lo hizo con el metal, no con el prog puro, porque el Porcupine Tree de los noventa no era popular. Y hay que reconocerlo: el metal es masivo, y fue cuando le puso metal que Porcupine Tree se hizo famoso. Pero el tipo es alguien muy relevante, y qué decir de él como ingeniero de sonido. Coma Divine es el disco en vivo que mejor debe sonar que se haya grabado.

Hablemos un poco de tu nuevo disco “Solsticio”. ¿Podrías entregarnos más detalles de la obra, su inspiración? Entiendo que se viene una edición física en CD.

En realidad ese disco ya se publicó, pero salió solo por streaming; el CD todavía no ha salido y en eso estamos. Lo lancé en formato EP: “Solsticio Invierno” y luego “Solsticio Verano”, ambos aparecieron en el momento preciso de los solsticios de 2025. El sonido no es solo berlinesco; jugué con el dark ambient y también hice un tema con bossa nova donde toco guitarra eléctrica.

En términos humanos, ¿qué te motiva a seguir creando en un género tan exigente como el rock progresivo?

Porque es lo que me gusta. Como te decía, estoy buscando las excusas para pasar por otros estilos que también me atraen y que no son necesariamente prog, pero el prog es lo central para mí. Crear música me nace de forma natural, no me la puedo guardar, y eso me da un sentido en la vida que pocas cosas igualan. La psicología también me lo da, sobre todo la investigación, pero la música tiene algo que la profesión no tiene: es más libre. Aquí la parte más esquizofrénica se le saca provecho en lugar de inhibirla. Amo la música, amo cuando compongo o cuando toco; es algo muy difícil de describir con palabras, y si puedo hacerlo en clave progresiva, mucho mejor.

¿Qué buscas transmitir hoy como artista que quizás no buscabas en tus inicios?

Quizás el cuestionamiento, aunque desde mi primer disco ya lo hacía. La importancia del pensamiento científico, por ejemplo. Las personas están muy ideologizadas y no siempre pueden ver las cosas de manera objetiva; al contrario, se le ha dado tanta importancia a la subjetividad que ahora muchas cosas se definen con un ‘yo creo’.

Me encanta la imaginación, la creatividad, la fantasía, pero para hablar de la realidad, para salir del arte y hablar del mundo, sí necesitas conocimiento científico y pensamiento crítico. Cada cosa en su lugar: la realidad desde los lentes de la ciencia; la subjetividad, ahí sí, que invente lo que quiera.

Finalmente, ¿qué podemos esperar de Morus en el futuro, tanto a nivel musical como personal?

Musicalmente viene “From Vangelis”. También se viene un disco netamente de rock electrónico, donde grabo temas que quedaron sueltos de bandas en las que estuve, más otros que he compuesto; ahí estarán mis sintetizadores, pero también Chapman Stick con Larrondo, batería con Nelson Jerez y guitarra con Claudio Ly. Además estoy avanzando en Bruma Austral, un proyecto paralelo más de improvisación y ambient, al estilo Steve Roach; ya salió el primer disco como prueba y estoy grabando el siguiente. Tengo también varias maquetas con vocalista que no salen por lo que te comentaba —hay que esperar los tiempos de cada músico—, entre ellas un trabajo dedicado a mujeres históricas que admiro profundamente: Hipatia, Teresa Wilms Montt, Violeta Parra y Agatha Christie.

 

Juan Barrenechea Herrera
Aristillus Media

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